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Frankenstein: el monstruo bonito y el monstruo feo

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Frankenstein es la última película-capricho de Guillermo del Toro. Más interesante que la historia que cuenta (fascinante en sí misma, pero diluida bajo la mirada del cineasta) es lo que esta deja ver sobre su autor: un profundo e irracional enamoramiento por los monstruos. Surge la pregunta: ¿Por qué? ¿Empatía y simpatía hacia los marginados? ¿Atracción por lo grotesco? No es una postura particular de Del Toro; directores como David Lynch, Tim Burton en sus años mozos o Tod Browning con su mítica Freaks ya habían extendido una mano comprensiva a los bichos raros. El enfoque de Del Toro es inferior al de los citados. Nuevamente: ¿Por qué?

Sin ánimo de criticar puramente la adaptación en base a la novela, las desviaciones de la primera son muy reveladoras. El monstruo de Mary Shelley es, efectivamente, un monstruo. Trágico, profundo, sensible, lamentable, pero, al fin y al cabo, un monstruo. Nace bueno e inocente; el rechazo y el aislamiento se encargan de ennegrecer su corazón. Mata a varios inocentes en venganza contra el mundo y el padre que no supo amarlo, y aunque experimenta remordimiento por sus actos, no abandona su misión autoimpuesta de destruir. Un ángel caído, no uno simplemente feo, como el de Del Toro (o tan feo como puede verse Jacob Elordi). La versión de 2025 tiene los bordes limados. Apenas tiene mala intención discernible, mata solo por accidente o defensa propia y es mucho más comprensible con Víctor, quien atraviesa el proceso opuesto: originalmente un joven brillante, curioso e ingenuo, ahora es un hombre abusivo y egocéntrico. La compasión de Guillermo parece esencialmente estética. ¿Acaso temía que rechazáramos también a la criatura si nos mostraba el alcance de sus pecados? Debería entender que la verdadera empatía surge al ver a alguien entero.

La película tiene poco que ofrecer. No queda mucho en ella de los anteriores trabajos del director mexicano, como El laberinto del fauno o El espinazo del diablo, que mezclaban satisfactoriamente fantasía oscura con un entorno creíble. Frankenstein hace gala de colores chillones, una dirección de arte poco inspirada y efectos especiales corrientes. El elemento de la inmortalidad (empleado mejor en Pinocho del 2022) recibe una excesiva importancia y es mal sustituto de los conflictos morales que la novela planteó con maestría. Rescato, al menos, el tramo en el que la criatura le arrebata el protagonismo al insufrible Frankenstein y cuenta su historia. Sí, es una versión azucarada, pero Elordi transmite muy bien la curiosidad y buen corazón de su personaje. Da gusto verlo descubrir un pedacito del mundo y verlo conectar con el anciano ciego. Son las escenas que mejor funcionan y las únicas que de verdad conmueven. Lástima que la película continúa.