Hay momentos en los cuales uno tiene que detenerse y dejar todo de lado, pues sabe que algo muy importante está pasando. Son momentos en los que una sociedad debe de hacer un alto en todo y reflexionar. Momentos en los cuales uno, también, debe de actuar, pues sino el carro de la historia lo lleva de encuentro y no se recuperará más; ni uno mismo ni sus generaciones posteriores. Lunes 09 de noviembre fue un día de los más oscuros para la política y sociedad peruanas. Fue el día en que el descaro y el cinismo dieron una estocada contra una sociedad cansada de las manipulaciones políticas de diversos mequetrefes, una pandemia que está latente y una acentuada crisis económica. El pedido de vacancia fue promovido no por el sentido de lucha por la democracia, sino por apetitos personales o partidarios (que, a estas alturas, es casi lo mismo) y por protegerse contra todas las observaciones judiciales que muchos de estos personajes llevan a cuestas. Congresistas como Edgar Alarcón o Luis Valdez acarrean juicios que están detenidos por su investidura de congresistas; peor aún en el caso de Humberto Acuña quien debería estar desaforado del actual Congreso cada vez venido a menos.

Lo que siguió después es una clara muestra de que la ciudadanía, sobre todo la juventud peruana, la de las redes sociales y la comunicación en línea se organizó rápido para actuar ante la posible inercia de los partidos políticos de oposición e instituciones que planifican y ejecutan actividades con una rapidez y eficiencia dignas de una rémora en la que se ha convertido cualquier entidad pública o privada, cualquiera de ellas plagadas de ejemplos que nos han mostrado inoperancia y estrategias para aburrir al cliente o usuario. Cuando todos pensábamos que la situación ya estaba echada y los trúhanes iban a salir con la suya, fueron los jóvenes ciudadanos y luego algunos partidos políticos los que salieron a las calles a poner los puntos sobre las íes. Aunque algunas personas lamentaban la poca experiencia que muchos jóvenes carecen en los protocolos que existen en una marcha, fue notable la energía, entusiasmo, solidaridad y capacidad de respuesta que dejaron a muchos sorprendidos. Era la reacción de una ciudadanía cansada de políticos corruptos, arteros y mentirosos. La reacción y marchas esporádicas del lunes; la apoteósica marcha del martes no solo en Lima, sino por todo el Perú; las vigilias y cacerolazos; las renuncias de diversos personajes del aparato político (las ratas abandonando el barco); y, sobre todo, la luctuosa marcha del sábado con cientos de heridos y la muerte a mansalva de dos jóvenes: todo anunciaba la debacle de este conato de golpe raramente legitimado por personas movidas por el prurito de la corrupción, intereses personales y totalmente carente de sintonía con la realidad social. Cuando escribo este artículo circulan algunas propuestas de un gabinete que debe de regir las políticas en los meses que restan. Esperemos que encontremos una solución consensuada habida cuenta que la calle no le va a perdonar a la manga de mentirosos que se encuentran entornillados en el hemiciclo de la vergüenza. Nuestro país ha dado la vuelta al mundo por dos situaciones: una vergonzosa al haber tenido tres presidentes en cinco días cual república bananera; pero otra valiosa: el tener una ciudadanía que se ha despercudido de los prejuicios que les han endilgado por décadas y querer a nuestra nación como el espacio en el que se puede vivir con dignidad y respeto, un país con futuro para todos. Quiérase o no, han sido los mismos ciudadanos quienes han dado un giro importante para nuestra historia y entrar más conscientes y seguros a este periodo que nos exige madurez como sociedad: el Bicentenario de nuestra Independencia política. Se han perdido dos vidas, pero se ha ganado un mañana. Un buen paso que no debemos de olvidar.

Gerardo Cailloma

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