¿Puede un llamado ministro de un supuesto dios (o Dios) de bondad y amor, sembrar odio y cizaña entre un pueblo que tiene hambre y sed de justicia? Claro que puede, aunque no debe: la prueba palmaria es el cardenal Carlos Castillo Mattasoglio.
Su homilía en la catedral de Lima por el 205° aniversario de proclamación de nuestra independencia del yugo español significó un uso ideologizado y fariseo del púlpito, a la vez que una memoria selectiva en detrimento de decenas de miles de víctimas del terrorismo, ayer, y de vándalos partidarizados, hoy.
Castillo, en forma cínica, leyó nombres de los muertos que sí le importan: aquellos que participaron en las asonadas ocurridas entre diciembre de 2022 y febrero de 2023, cuando turbas azuzadas por violentistas comunistas/izquierdistas trataron de tomar aeropuertos, incendiaron instituciones públicas y privadas en el sur del país y fueron reprimidos por las fuerzas del orden. También citó a los abatidos en los gobiernos de Manuel Merino y José Jerí.
Pero, el cura se olvidó, mejor dicho, sin verecundia alguna, omitió hablar de los policías y militares que perdieron la vida durante estos mismos hechos, amén de civiles fallecidos por bloqueos de carreteras. Cómo no indignarse con la horrorosa muerte del agente de la ley José Soncco Quispe en Juliaca y de seis jóvenes soldados, quienes por escapar de una turba que los insultaba y apedreaba perecieron ahogados en el río Ilave.
Esto me hace recordar cómo en agosto de 2024, otro “hombre pío”, el cardenal Héctor Cabrejos, a la sazón, presidente de la Conferencia Episcopal Peruana, se mostró indignado por la Ley 32107 (lesa humanidad), norma totalmente constitucional, pese a que jueces ideologizados lo nieguen. Para Cabrejos, “justicia” es perseguir ad aeternum a militares y policías por delitos no tipificados durante la lucha antiterrorista.
Es deplorable la actual posición ideologizada de la Iglesia católica frente a los graves disturbios sociales que se saldan con un lamentable costo de vidas humanas: los culpables siempre son la Policía, el Ejército y el Estado o gobierno de turno; fácilmente se exculpa a los violentistas, a los extremistas. En esto, los sacerdotes no van a la zaga de fiscales y jueces que ven como enemigos de la nación a los uniformados y, por ello, sus acusaciones y veredictos siempre son de culpabilidad.
Soy ateo, pero ello no es óbice para finalizar el presente citando el evangelio de Juan donde, supuestamente, el Cristo dijo: “Solo la verdad os hará libres”. Entiéndalo, hipócritas de sotana y también los de toga.
