En una de esas madrugadas heladas de Ayacucho, a Angélica Mendoza le arrebataron de los brazos al tesoro que cuidó con anhelo durante 19 años; su hijo Arquímedes. Al escuchar los estruendos en su puerta de madera despertó rápidamente de su sueño ligero. Entre las paredes de su humilde hogar, Angélica se aferró a su bebé con todas sus fuerzas, mientras hombres armados lo arrastraron fuera de su cálido alcance, que contrastaba con el viento helado de los Andes Centrales. Esa vez la violencia le ganó al amor infinito de una madre.
Los captores de su primogénito, hombres uniformados, recibieron información que afirmaba que Arquímedes pertenecía al grupo subversivo que se encontraba en conflicto armado contra el Estado Peruano; Sendero Luminoso. Sin ninguna prueba de su asociación, aquel hijo fue visto por última vez en la oscuridad del 3 de julio de 1983.
«Desde que se lo llevaron no dejé de buscarlo, fui a todos los lugares posibles, tantos años buscando y no encontramos a nuestros desaparecidos, ni muriendo podremos olvidar”, lloró Angélica mientras recordaba aquellos años.
Con el pueblo manchado de sangre se estableció la Comisión de la Verdad y Reconciliación, base del ejercito ubicada en el Cuartel n° 51 “Los Cabitos”, en el que se registraron 138 testimonios de secuestros y torturas por parte de las Fuerzas Armadas y policías. Arquímedes no fue el único en desaparecer y Angélica no fue la única madre en rezar por el regreso de su hijo.
Angélica Mendoza pasó a ser Mamá Angélica, aquella que cargaba con el dolor de la búsqueda de su hijo y con la responsabilidad de alzar la voz por todas aquellas que perdieron a los suyos. Mujeres de zonas rurales y quechua hablantes se apoyaron en su feroz duelo para crear la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecido del Perú (ANFASEP), tan solo dos meses después del secuestro de Arquímedes.
«Yo les decía que juntas, no nos van a matar. Somos muchas mamás y juntas seremos fuertes (…) Querían que no buscara a mi hijo, que no acompañe a las otras madres. Nada nos detuvo», comentó.
Los años pasaron, el gobierno cambió, el conflicto armado terminó, pero nunca se supo nada más de Arquímedes, ni sus restos pudieron descansar junto a quienes más lo amaron durante 19 años. El luto se trasformó en refugio y progreso. Cientos de madres llegaron al ANFASEP con cunas y estómagos vacíos, ahí se les ofreció un poco de humanidad y compañía, con alguien que entendía su sufrimiento sin ninguna explicación, más allá de la empatía, era la intimidad de la experiencia compartida.
«Muchas de las socias que pertenecen a ANFASEP se están muriendo sin saber qué pasó, por qué desaparecieron sus esposos e hijos, por qué se los llevaron. Yo seguiré hablando mientras pueda”
Incluso 34 años después, en vejez y complicaciones por la diabetes, postrada en una cama por el dolor crónico, Mamá Angélica sostuvo la fotografía con el rostro adolescente de su hijo, al cual nunca vio convertirse en un adulto. El lunes 28 de agosto de 2017, en las horas de la tarde, falleció en su casa a los 88 años.
Tras su muerte la acompañó su familia, la población ayacuchana y un legado que será recordado por todas aquellas que sufrieron la misma injusticia. Aquella mujer sencilla, madre antes que todo, se convirtió en símbolo fuerza y de amor enfrentándose al poder y la violencia.
