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Cuando la comunicación llega tarde: tres crisis, un mismo error

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Cuando la comunicación llega tarde: tres crisis, un mismo error

Escribe: Luciana Ubillús Rojas, responsable de Comunicaciones de HRG Abogados.

Las elecciones, la controversia por la compra de los F-16 y el caos urbano en Trujillo no son hechos aislados sino más bien, son síntomas de un mismo problema: una comunicación que no está siendo gestionada estratégicamente y que no es coherente ni sostenida. 

En los tres casos hay un patrón común: los hechos ocurren, la incertidumbre escala y las instituciones reaccionan tarde; como consecuencia, la narrativa pública ya no les pertenece. Ese vacío comunicacional tiene un costo: la pérdida de control del mensaje. 

Desde las comunicaciones corporativas y la comunicación política, lo que estamos viendo no es solo una suma de crisis, sino una importante falla estructural en la forma en que las instituciones comunican. Ese es el verdadero problema. 

Cuando la comunicación no anticipa, no explica y no ordena la información en tiempo real, deja espacio a la especulación, la desinformación y la emocionalidad. En contextos sensibles —como elecciones o decisiones de Estado de alto impacto— esto no solo afecta la percepción, sino también la legitimidad. Al no existir una estrategia clara de vocería, los mensajes se contradicen o simplemente no llegan a tiempo y el vacío se llena solo o lo llenan las redes sociales, las opiniones no verificadas o las interpretaciones parciales. En ese escenario, la evidencia compite con la repetición, y muchas veces pierde. 

Desde la lógica corporativa, ninguna organización puede permitirse comunicar solo cuando el problema ya estalló. La comunicación debe ser parte de la gestión y esto implica vocerías claras, mensajes consistentes y, sobre todo, capacidad de anticipación de escenarios de crisis. Explicar decisiones y sostener mensajes coherentes no es opcional, es estratégico. 

En el ámbito político, el impacto es aún mayor y determinante. La confianza no depende únicamente de decisiones correctas, sino de la capacidad de explicarlas oportunamente, de manera clara y con transparencia, de modo que la ciudadanía entienda que se está haciendo las cosas bien. Cuando el discurso institucional no coincide con la experiencia ciudadana —como ocurre en el escenario actual de nuestra ciudad y como país— la credibilidad se deteriora hasta perderse. 

Las tres situaciones dejan una lección concreta: no basta con hacer, hay que saber comunicar lo que se hace y, cuando eso no ocurre, todo comunica lo contrario: Comunica una elección cuestionada, incluso sin pruebas concluyentes. Comunica un Estado que duda en sus propias decisiones. Comunica una ciudad desordenada que refleja falta de liderazgo o de decisiones planificadas. 

Hoy, en un entorno donde múltiples actores construyen la “verdad pública”, quien no gestiona su comunicación, cede su reputación. Cuando el mensaje institucional no llega, lo que queda es la percepción y, en comunicación, la percepción no es un detalle, es la realidad con la que operamos los ciudadanos.