Con el entrañable amor que sentía por su tierra natal, más siendo París quien vio su final, César Vallejo falleció un 15 de abril de 1938, un día de Viernes Santo, aún añorando el recuerdo que le dejó Santiago de Chuco. A sus recién cumplidos 46 años, uno de los poetas más emblemáticos la literatura universal, encontró su final tanto en cuerpo como en su literatura misma.
Sus últimos días son objeto de estudio, tanto por los sucesos que le acontecieron como los escritos nacidos de estas peripecias. “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo.”, eran los primeros versos de su soneto «Piedra negra sobre piedra blanca», en el cual ya preveía su desenlace tras pasar los últimos años viviendo en medio estrecheces económicas y problemas de salud.
Francia recibió a Vallejo en 1923, quien buscaba un nuevo horizonte lejos de un Perú caído bajo el régimen autoritario de Augusto B. Leguía, mismo régimen que lo condenó por un crimen que no cometió. Traicionado, Vallejo trató de empezar una nueva vida en París, más sin olvidar su país. Es aquí donde comienza a hacerse conocido gracias a «Trilce», poemario que había publicado un año antes de partir.
Sus visitas a España le permitieron enlistarse en el Partido Comunista, razón por la que fue expulsado de Francia en 1930. Ya en Madrid, continuó su actividad literaria sin dejar de lado su militancia política. «El Tungsteno» fue una de las obras de carácter social que vieron la luz en el viejo mundo.
Ya en 1933, Vallejo regresó a París, en donde continuaría con sus labores literarias y periodísticas al mismo tiempo que afrontaba una múltiples dificultades económicas. En 1937 terminó de escribir España aparte de mí este cáliz” y “Poemas Humanos”, este último que se publicaría luego de su fallecimiento un Viernes Santo de 1938.
Era un día de otoño, más una ligera lluvia y no un aguacero enlutaba las calles de París. Era un día viernes 15 de abril, más no jueves. Vallejo encontró su final tras al reactivación de una enfermedad que de niño lo acechó: paludismo. Fue enterrado en el cementerio de Montrouge, para que luego, en 1970, sus restos fueran trasladados al de Montparnasse.



