La pandemia agarró de sorpresa a autoridades, gestores y planificadores de todas las ramas; a unos más que otros dependiendo de su capacidad de gestión, liderazgo y formalidad. Cálculos y proyecciones han estallado, pues la pandemia está cambiando todas las reglas del juego.  Sin embargo, todo hecho es una oportunidad delante de uno: muchas situaciones interesantes que nos vienen ocurriendo pueden (y deben de) de enmendarse a futuro, planificando estas respuestas con el fin de evitar que las mismas soluciones hechas se conviertan en pesadillas sociales en el futuro, tal como ha ido sucediendo en las últimas décadas.

La informalidad es una situación de irregularidad socioeconómica muy extendida en nuestro país. Fue la solución en los 90, cuando se comenzó a privatizar muchas instituciones públicas y se permitió, como paliativo social, la proliferación de muchas actividades informales o semi informales. Una de ellas fue, por ejemplo, el ingreso de Ticos y las famosas combis al sistema público (que es privado). Fue una solución inmediata para miles de desocupados que comenzaron a poblar las deterioradas calles y carreteras de este tipo de vehículos, fuera de los peligrosos vehículos que venían con timón cambiado. ¿Qué sucedió luego? Para nadie es secreto que el transporte público e interprovincial se volvieron una pesadilla por el incremento desordenado del parque automotor, el número de accidentes y la acelerada contaminación ambiental de muchas ciudades peruanas, sobre todo la nuestra. Es ahora una hidra de mil cabezas, pues no supo contenerse en su momento y ha crecido gracias al populismo rampante y el clientelaje que han ido colocando en el poder a autoridades que los han protegido.

Aunque la informalidad permitió a nuestro país soportar, con relativo éxito, la debacle económica del 2008, el panorama actual es totalmente diferente y ha dejado en el desamparo a un gran sector de la población habituado a esta modalidad de vida que les permitió a muchos, incluso, lucrar; pues no pagaban impuestos ni cumplían con obligaciones laborales de personas dependientes de sus actividades.

¿Qué hacer ahora? En el drama que vivimos debemos de sacar lecciones y comenzar a formalizar a la gente. El Estado estuvo ayudando a personas e instituciones con el fin de aguantar esta pandemia. Pero miles son ciudadanos marginales que no han tenido oportunidad de cierta ayuda. Queda, pues, esta posibilidad de ordenar más nuestro tejido social. Nadie niega el emprendimiento, pero sí es oportuno aprender del error, uno que nos está pasando dura factura.

GERARDO CAILLOMA /gcailloma@gmail.com