He sido un viajero empedernido por años. En cuanto podía salía de viaje, sea por las cercanías o hasta donde el tiempo y el dinero me lo permitían. He estado en lugares remotos desconocidos por los circuitos turísticos, así como aquellos en los que eras una gota en un mar de personas de todas partes del mundo que “inundan” un sitio de interés. He disfrutado de lugares inolvidables y vivido experiencias desagradables en lugares en los que uno espera tener espacios de diversión y descanso.

El turismo es una actividad que busca retar tus sentidos, pues implica cambiar ritmos de vidas y experiencias cotidianas con personas con las que coincides, quizás, una sola vez en tu vida. Esperas conocer más, ampliar tus horizontes, cambiar muchas perspectivas de vida. Sin embargo, la profesionalización y estandarización de la actividad turística de las últimas décadas han permitido a una persona reducir su capacidad de asombro por conocer y estar más centrado en vivir otro tipo de emociones masivas. Ha permitido la mejora de muchos servicios, pero ha reducido las posibilidades de aventura, salvo que estas se hayan convertido en un servicio de lujo, exclusivo. Hasta que llegó la pandemia.

El coronavirus ha puesto en jaque a toda esta maquinaria que mueve la actividad turística; muchas ciudades del mundo la han convertido en su eje principal y esta situación ha significado un golpe mortal para las mismas. Recuerdo mi visita a Atenas, una ciudad en la que había más turistas que ciudadanos griegos; la imagino ahora silenciosa, fantasmal. ¿Qué desafíos tiene esta actividad que ha movido desde agricultores y taxistas hasta empresarios ricos dueños de cadenas de hoteles? Expertos hablaban de un turismo más reducido, nada masivo, alejado de los lugares “estrellas”; las ciudades millonarias y los parques temáticos de diversión, de seguir así, van a tener que cambiar de estrategia: no vas a poder tener un tumulto de 10 mil personas deambulando para ver un sitio de interés. Habrá que ver cómo se reinventan lugares como Disneylandia o Epcot Center, acostumbrados a muchedumbres. Nuestro país tiene grandes lugares naturales que pueden atraer a personas apasionadas de lo natural y salvaje: el problema va a ser luchar contra minería y tala tanto legal como ilegal. Nuestro país puede ser atractivo para un tipo de turismo que se viene: casi como el sentido de un refugio. Tenemos una gallina de huevos de oro; nuestra arqueología sigue siendo atractiva, pero tendremos que acostumbrarnos a ser más cauto en su uso. ¿Machu Picchu con acceso muy restringido? Viajes largos, por ahora no. A trabajar con los vecinos. Una economía para mantenerse en tiempos de recesión. Es la hora de sentarse a ver nuevos conceptos que vuelvan a poner en pantalla nuestro país.

GERARDO CAILLOMA

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