La realidad generada por la pandemia ha generado grandes pérdidas de puestos de trabajos en todo el mundo. Nuestro país  ha visto acentuada esta crisis no solo por las medidas tomadas, sino por la cultura informal incrementada en las últimas décadas, las formas laborales que han surgido a raíz de los cambios de comportamiento social, el debilitamiento de formas sociales antiguas en desmedro de formas de relaciones individuales y hasta egoístas, y el marcado centralismo que sufre desde el siglo pasado nuestro país.

En el primer caso, el mundo virtual ha replanteado las formas laborales de muchas actividades. Algunos empleos están en riesgo de desaparecer. El incremento de ventas de manera virtual y las nuevas formas de reparto (lo que la gente llama delivery) han puesto en cuestionamiento el concepto de tienda física y las estrategias de venta. La virtualidad ha incursionado, para bien o para mal, de manera furtiva tal como ha estado sucediendo en otras latitudes y estas modalidades van a arraigarse en nuestro medio. Conceptos arquitectónicos y económicos como el mall, por ejemplo, cambiarán sea drástica o paulatinamente. Esto será, incluso, una vez pasada la pandemia. Sin embargo, esta modalidad laboral debe de corregirse pronto, puesto que en la actualidad está deviniendo en una nueva modalidad de explotación laboral, fuera de haberse convertido en una forma invasiva en nuestra vida cotidiana. El trabajo a distancia está generando, incluso, nuevas formas de tensión individual y un paulatino deterioro de la calidad de vida de las personas. Y, pronto, en una forma de discriminación selectiva entre las personas que postulen a diversos trabajos.

Por otro lado, el actual sistema ha influido en la conducta humana, haciendo a la persona más egoísta y centrada en una competencia basada en la ambición. Incluso, las formas de individualización se han exacerbado con la modalidad virtual al ir perdiendo el contacto humano físico, generando distancia entre las personas y debilitando emociones y sentimientos de empatía. Las formas antiguas de trabajo se postergaron por prejuicios como el caso del trabajo cooperativo y mancomunado. Es irónico que, al inicio de la pandemia, una serie de científicos sociales y académicos de todas las tendencias políticas hayan sugerido el trabajo colaborativo verdadero para salir de esta crisis sanitaria. Obviamente, a estas alturas, esas propuestas han pasado a un segundo plano en la mira de muchos estadistas y las personas en general. El trabajo cooperativo hubiera sido, quizás, una forma de salvación para muchas personas que han quedado en el total abandono debido a la informalidad social que tenemos.

Como colofón, todo esto se ha acentuado en las últimas décadas por el agobiante centralismo por el cual nuestro país está llevando la peor parte de la pandemia. Las migraciones forzadas de retorno con el contagio es una consecuencia de ello. Un real gobierno debe, desde ya, desalentar la emigración con estrategias que permitan a los ciudadanos no verse forzados a optar ir a la capital, por ejemplo, puesto que el oprobioso centralismo no ha permitido que las demás ciudades tengan todos los servicios básicos de calidad que se merece una persona (salud, educación de todos los niveles) y oportunidades laborales atractivas. Es un tema álgido que debe de abordarse con urgencia.

Gerardo Cailloma

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