Cine para disfrutar sentado en la calle: crítica a Sinners

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Escribe: Luis Vega


El director Ryan Coogler, responsable de Black Panther, Creed y el doloroso biopic Fruitvale Station —su mejor trabajo hasta la fecha—, tituló provisionalmente a su último proyecto como “Grilled Cheese”, es decir, sándwich de queso asado. La razón, en sus propias palabras, es la siguiente: “queríamos hacer algo rápido, algo que cualquiera pudiera disfrutar sentado en la calle”. No hay dudas de que el emparedado de Coogler cumplió con creces su cometido. Sinners, como finalmente se llamó, recaudó más del triple de su presupuesto, consiguió el favor del público y la crítica, obtuvo dieciséis nominaciones a los premios de la Academia y ganó cuatro —mejor banda sonora original, cinematografía, guion original y actor. A pesar de que Coogler probablemente minimice sus declaraciones previas sobre la naturaleza del filme, estas fueron muy atinadas. Es una obra entretenida, vivaz, por momentos hipnótica y bien producida, y, sin embargo, nunca llega a ser notable. ¿Por qué la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas premiaría una buena hamburguesa como si fuera un exquisito banquete? Respuesta corta: es lo único que consume.

Volvamos a Sinners. Una queja común es que parece dos películas unidas con cinta y que la primera es mucho mejor que la segunda. Es una opinión válida. El guion comienza haciendo gala de una convincente consciencia ética; retrata sin miramientos el brutal racismo del sur profundo norteamericano en el siglo veinte. La caracterización de los personajes, además, es atractiva y funcional. El espectador conoce pronto a todo el elenco, sus aspiraciones, dificultades y dinámicas. La calidad de las interpretaciones evidencia la fuerte dirección actoral de Coogler. Si se hubiera quedado como drama humano de principio a fin, Sinners habría merecido los múltiples elogios que ha cosechado. Desafortunadamente, su disposición era otra. Al revelarse como una historia de vampiros, socavó sus más altas aspiraciones. En aras de divertimento, perdió profundidad. ¿Esto la hace terrible? Milagrosamente, no. Remmick, interpretado por Jack O’Connell —actuación que merecía más atención en las premiaciones—, quizá sea el vampiro más carismático del cine. Su elaborado número musical, al son de The Rocky Road to Dublin, es una maravilla. Por si fuera poco, O’Connell imbuye en el monstruo una inusitada vulnerabilidad. Al igual que los gemelos, quiere prosperar en su comunidad. El vampirismo, como lo presenta Coogler, es una cura macabra contra la discriminación —la familia de Remmick es a la vez cárcel y refugio—, una herramienta para tocar temas de alienación racial e identidad. No compensa el sacrificio de la sobriedad inicial, pero en su misión más humilde, ser un producto disfrutable para todos, Sinners triunfa.

La duda persiste. ¿Cuántos Oscars se llevaría Ryan Coogler a casa si “cocinara” seriamente? La verdad es confusa: muchos menos que con Sinners, si acaso alguno. Y no por falta de mérito. Su primer largometraje, Fruitvale Station, no es comida rápida; tiene una fuerza ausente en sus blockbusters posteriores. Es la clase de película que la Academia, un grupo dispar de peces gordos de “la industria” más interesado en tendencias y modas que en el cine propiamente dicho, contempla sin criterio, ignora activamente o incluso desprecia. Y mientras más estatuillas obsequien a productos de calidad irregular, más estaremos todos comiendo de su mismo plato. No hay un panorama optimista para el arte.

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