Tres acontecimientos han saltado a la luz en estas semanas y que, ad-portas del Bicentenario de nuestra nación, nos dan un panorama bastante complicado a abordar en la difícil construcción de la identidad nacional. Micaela Bastidas fue comparada con una lideresa política de la actualidad y, fuera de los reparos hechos por la línea política de una de ellas y las distancias temporales, las observaciones raciales han sido lo que más se ha destacado y con tendencias venenosas que han sido lanzadas a las redes, así como las reflexiones de la representación física de esta mujer que, con el tiempo, ha ido teniendo un reconocimiento innegable en la revuelta originada por su esposo, Túpac Amaru II. De raíces negras e indígenas, la imagen de Micaela ha entrado en una “revisión” con lo que la llevaría a una verdadera reconstrucción de esta personalidad relevante en el proceso de nuestra independencia. Los últimos estudios e investigaciones iniciadas le dan un rol, en muchos momentos, más importante que el mismo José Gabriel Condorcanqui. La Micaela que recuerdo de mis tiempos de colegio, de las estampillas del Sesquicentenario, de los cromos coleccionables, es totalmente diferente a la que estamos viviendo en estos tiempos. Pero su replanteamiento y aceptación de su nueva figura en el panteón de héroes de la patria va a tomar un camino.

Por otro lado, los rebrotes del COVID-19 en Miraflores han tenido explicaciones de lo más disparatadas y, obviamente, racistas. Estas no son dichas por ciudadanos de a pie, sino por las mismas autoridades ediles; las explicaciones destilan un tufillo racista sin reconocer las graves faltas cometidas por los ciudadanos y los negocios ubicados en el céntrico distrito limeño. No es vieja costumbre echar la culpa a los demás; lo peor es que, fuera de los matices clasistas y raciales, justifican un accionar que puede traer graves consecuencias a sus ciudadanos. La pandemia, como los grandes problemas sociales generados por la humanidad misma, busca chivos expiatorios entre minorías o mayorías desplazadas (en nuestro país, por ejemplo, su población indígena, las mismas mujeres o las comunidades lingüísticas no hispanohablantes). La realidad de la población indígena tuvo un primer acercamiento a su problemática a inicios del siglo pasado, cerca de nuestro primer Centenario. Académicos e intelectuales de la época trataron de explicar, de incorporar o seguir excluyendo a un gran segmento de peruanos de la fuerte quiebra que significó la rebelión de Túpac Amaru II hasta la Independencia formal de nuestro país.

A escasos meses de celebrar nuestro Bicentenario, una brecha se hace difícil de cerrar. La Alemania nazi buscó con hacer ario a Jesús con el fin de eliminar cualquier trazo semita en la figura que es el pilar de las variantes de cristianismo que se practican en esa realidad (católica o protestante). Así surgieron personajes como Ludwig Müller o Reinhold Krause en sus intentos de “arianizar” la esencia del cristianismo para seguir con los planes de limpieza racial. Pero, lejos de haber asimilado la dura lección, muchas naciones apoyan a políticos abiertamente racistas que utilizan expresiones contra los emigrantes o comunidades aborígenes, como lo son Trump y Bolsonaro. Y en este movido contexto, el personaje creado por Jorge Benavides, la Chola Jacinta, ya no podrá emitirse más por televisión. A inicios de semana, se conmemoró un año más de la llegada de Colón a costas americanas y el debate resurge. ¿Hemos retrocedido o hemos dado pasos significativos para la nueva sociedad que aspiramos ser?

Gerardo Cailloma

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