En el libro Traducciones peruanas de Gustavo Rodríguez, destacado comunicador peruano, comentaba en uno de sus artículos la sensación de irrelevancia que sentía por sus clases de Sociología en la universidad; sin embargo, al ser contratado para estudiar un conflicto social sintió la ausencia de su conocimiento y herramientas con los que hubiera abordado con más fortaleza el mismo.

El Gobierno peruano ha decretado el restablecimiento paulatino de una serie de actividades con el fin de retornar a una suerte de normalidad en un mundo castigado por la pandemia, la que golpea todos los rincones del país. Sin embargo, ciertos comportamientos colectivos han generado desconcierto y han puesto en duda la paulatina apertura en diversas regiones del país. La Costa Norte peruana es una de ellas. Aunque otras regiones tienen un significativo número de infectados y fallecidos, la respuesta de esas sociedades ha sido más asertiva y comunitaria que las norteñas. Al Norte peruano siempre se lo ha caracterizado como el más pujante y ha reportado cifras de crecimiento notables; casi una década, La Libertad lideraba dichos cuadros de crecimiento (no estoy diciendo desarrollo); ergo, en una lógica lineal, las sociedades nuestras estarían con mejor capacidad de respuesta que otras en las que el crecimiento no ha sido notable e, incluso, ha sido nulo. Algo va mal.

¿Qué puede explicar este cuadro que ha sido preocupante para el Estado peruano y la sociedad en su conjunto? Muchas hipótesis pueden plantearse, ya más allá de lo económico; esta última perspectiva es insuficiente para ver ciertos comportamientos que han dejado a muchos pasmados, como la actitud indolente de desacato de muchos hombres y mujeres de las ciudades norteñas al toque de queda (Trujillo llegó a tener más detenidos que una ciudad que es 8 veces más grande como lo es Lima); o la inaudita fila de compradores de cerveza en la ciudad de Piura, trasgrediendo toda medida de seguridad. ¿Falta de autoridad? ¿Excesivo individualismo generado por un mal concepto de ser emprendedor? ¿Escasa empatía? ¿Anomia social que ha desbordado a un ineficiente aparato municipal y regional en cuanto al sentido de autoridad?

Creo que se debe de invitar a gente ligada al comportamiento social (sociólogos, antropólogos, psicólogos sociales) para que desde sus conocimientos y reflexiones ayuden a las otras áreas con sus perspectivas a construir respuestas. Además, debemos de ir preparándonos para los cambios que han de ser necesarios hacer, pues se ha podido constatar que políticas generales y específicas, acciones, perspectivas sesgadas y uso de herramientas no han sido las adecuadas para enfrentar esta pandemia. ¿Podremos adaptarnos al cambio?

GERARDO CAILLOMA