Dos realidades cercanas y opuestas: el plebiscito de Chile y el inicio de la campaña electoral de los partidos políticos con mira de las elecciones generales 2020. ¿Qué tienen en común? Ambos son sucesos políticos, sucesos sociales que regirán el futuro de cada una de las naciones en cuestión.

Hace una semana publicaba mi artículo de opinión por este medio en el cual manifestaba mi preocupación por las evidentes intenciones de querer postergar las elecciones generales 2021 por diversos móviles nada democráticos. Los partidos políticos son el corazón de la democracia representativa de nuestra nación. Estas agrupaciones partidarias ocupan el Congreso que adquiere una especial majestad dada por el poder público otorgado por el voto de los ciudadanos convocados cada cinco años y cuya principal misión es la de velar por el bienestar de todos los ciudadanos sin excepción, así este no le haya otorgado su voto en dichas elecciones. Estos conjuntos políticos han sido espacios de formación política a los cuales diversos ciudadanos accedían por simpatías hacia un líder por similitud ideológica o para hacer una carrera cuyo principal objetivo era formular leyes que velen por ese bienestar. Estas congregaciones eran el espacio de entrenamiento de buenas, aunque también malas artes, y los integrantes se fogueaban en doctrina partidaria y buscaban el acercamiento con la sociedad para estar atentos con las necesidades de la población a la cual pensaban representar. Aunque la demagogia es un mal hábito que con el tiempo fue generando un rápido desgaste con la población votante, los militantes se imbuían de la vida partidaria con el fin de generar identidad política. El franco deterioro de estos en la penúltima década del siglo XX permitió que la sociedad haya sido complaciente, en cierta manera, con el golpe de Fujimori en 1992. Así es cómo Fujimori pudo hacer andar su maquinaria que le permitiera formar un nuevo Congreso unicameral y la redacción de una Constitución que trataba de imitar otros modelos considerados de “éxito” en ese entonces. Ahora, con los últimos sucesos, viene las alertas que no deben de pasar desapercibidas.

Tras los destapes de corrupción desde el caso Odebrecht, pocos son los partidos políticos que no se han visto involucrados en esta gruesa mácula: expresidentes, exministros, candidatos, exalcaldes, excongresistas, expresidentes regionales, una larga lista. Además, estas agrupaciones se han vuelto una suerte de vientres de alquiler que burdamente ofrecen una escala de pagos para aquellos que deciden postular. Así como hemos visto raras alianzas, también vemos candidatos de lo más desconcertantes. Un caso patético es el de un candidato a la presidencia que en la misma conferencia de prensa se olvidó el nombre del partido por el cual postulaba. Estas elecciones prometen, tal como vamos, más de lo mismo. Los partidos siguen siendo vientres de alquiler al mejor postor. Más de personajes que poblarán los medios de comunicación por sus desaciertos, a pesar de que estos personajes hayan sido promovidos de manera directa o indirecta por los mismos medios. ¿Qué podemos hacer como sociedad civil ante este panorama? Ya vamos conociendo las planchas presidenciales y las listas para congresistas, muchos ávidos de una oportunidad para aspirar a la inmunidad parlamentaria, para enriquecerse olvidándose de la sociedad que apostó por ellos y mandarse a mudar a Lima a buscar hacer negocios personales, algunos de ellos bastante oscuros.  ¿Será la sociedad la que pueda actuar a la usanza chilena para reclamar por los derechos que nos asisten o serán las más de 20 agrupaciones políticas en carrera que tomen la iniciativa y sean capaces de entender el descontento general de su accionar?

Gerardo Cailloma

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